Llego a la ciudad. Apesta. Es una cloaca. Este olor fétido me cautiva. Será un lugar insoportable, pero disfruto vivir aquí. Han pasado diez años desde que llegué a este lugar. He llorado, reído, emborrachado, vomitado; he organizado parrandas, he conocido mujeres, he logrado un par de amistades; también he vivido en colonias espantosas, en zonas residenciales, en departamentos, casas y cuchitriles.
Empecé a escribir con mayor frecuencia cuando llegué a esta ciudad. La escritura se ha convertido en un hábito para mí, aunque no tanto como la lectura. Leo, luego escribo. Ahora que lo pienso, he dejado un par de libros varados. En alguna esquina abandoné las páginas de Rayuela. Jamás disfruté de su lectura. Era tan complicada como mi exmujer. Me recordaba las calamidades que pasé a su lado. Rayuela salió rayada de mi vida. Con ella terminó un ciclo y comenzó otro. Me di cuenta de que la escritura es bastante parecida a las mujeres. Indomable. Te puede volver loco y destruirte. O bien, te puede llenar de inconmesurable placer. Es una droga. Causa adicción. De la misma manera sucede con la lectura.
Hay quien se sorprende de ver a un tipo como yo hablar de libros. No me queda más que leer. A propósito, leí a Branimir Scepanovic y me dejó con la boca llena de tierra, es decir, anonadado. Sin palabras. Es que apenas leí su libro y recordé lo estúpido que puede ser un lector con pretensiones de literato. Escribir es un acto egoísta. Pretender que alguien más lea lo que uno escribe es aún peor. Pero Scepanovic es diferente. Su narrativa está dotada de un poder indiscutible. Leerlo me ha hecho sentir incómodo. Es un genio. Los genios incomodan.
Debería hablar sobre música. Nietzsche se acercó a la música porque sin ella la vida sería un error. Coincido plenamente con el filósofo alemán. Es verdad que la vida sería insoportable sin música ni libros; aun sin cine. En este momento escucho a Jonathan Wilson. Una propuesta interesante. Su álbum Gentle Spirit es de lo mejor que deja el 2011. Este magnífico disco es un viaje. Rock folk de alto vuelo. En algunos tracks me recuerda a Neil Young. Desert Raven es el sencillo que más he disfrutado. Transcurre con psicodélica parsimonia. Rock suave, muy cercano al Pink Floyd de Gilmour.
Nicanor Parra ganó el Cervantes. Tengo prejuicios respecto a la poesía. Parra reivindicó el curso de la poesía chilena. Antipoesía es un buen título para un disco de rock. Siento una cercanía con todo aquel que busca la emancipación. El antipoeta es el prototipo del deconstructor. Desmantelar lo categóricamente lírico fue una provocación que aún aplaudo.
A propósito de lectura, yo jamás leería a Carlos Fuentes ni a Enrique Krauze. Aplaudo a Peña Nieto. Pienso que si el candidato hubiera tenido la suerte de leer a Kennedy Toole, tendría presente el título La conjura de los necios. Aunque la necedad es pura estupidez. Y si la necedad tiene que ver con la estupidez, como pensaba Robert Musil, un lector necio es un estúpido lector. Uno nunca sabe lo que lee hasta que reflexiona. En conclusión, todos somos estúpidos, no entendemos o no queremos entender. Somos necios o estamos condenados a entender demasiado tarde.
Empecé a escribir con mayor frecuencia cuando llegué a esta ciudad. La escritura se ha convertido en un hábito para mí, aunque no tanto como la lectura. Leo, luego escribo. Ahora que lo pienso, he dejado un par de libros varados. En alguna esquina abandoné las páginas de Rayuela. Jamás disfruté de su lectura. Era tan complicada como mi exmujer. Me recordaba las calamidades que pasé a su lado. Rayuela salió rayada de mi vida. Con ella terminó un ciclo y comenzó otro. Me di cuenta de que la escritura es bastante parecida a las mujeres. Indomable. Te puede volver loco y destruirte. O bien, te puede llenar de inconmesurable placer. Es una droga. Causa adicción. De la misma manera sucede con la lectura.
Hay quien se sorprende de ver a un tipo como yo hablar de libros. No me queda más que leer. A propósito, leí a Branimir Scepanovic y me dejó con la boca llena de tierra, es decir, anonadado. Sin palabras. Es que apenas leí su libro y recordé lo estúpido que puede ser un lector con pretensiones de literato. Escribir es un acto egoísta. Pretender que alguien más lea lo que uno escribe es aún peor. Pero Scepanovic es diferente. Su narrativa está dotada de un poder indiscutible. Leerlo me ha hecho sentir incómodo. Es un genio. Los genios incomodan.
Debería hablar sobre música. Nietzsche se acercó a la música porque sin ella la vida sería un error. Coincido plenamente con el filósofo alemán. Es verdad que la vida sería insoportable sin música ni libros; aun sin cine. En este momento escucho a Jonathan Wilson. Una propuesta interesante. Su álbum Gentle Spirit es de lo mejor que deja el 2011. Este magnífico disco es un viaje. Rock folk de alto vuelo. En algunos tracks me recuerda a Neil Young. Desert Raven es el sencillo que más he disfrutado. Transcurre con psicodélica parsimonia. Rock suave, muy cercano al Pink Floyd de Gilmour.
Nicanor Parra ganó el Cervantes. Tengo prejuicios respecto a la poesía. Parra reivindicó el curso de la poesía chilena. Antipoesía es un buen título para un disco de rock. Siento una cercanía con todo aquel que busca la emancipación. El antipoeta es el prototipo del deconstructor. Desmantelar lo categóricamente lírico fue una provocación que aún aplaudo.
A propósito de lectura, yo jamás leería a Carlos Fuentes ni a Enrique Krauze. Aplaudo a Peña Nieto. Pienso que si el candidato hubiera tenido la suerte de leer a Kennedy Toole, tendría presente el título La conjura de los necios. Aunque la necedad es pura estupidez. Y si la necedad tiene que ver con la estupidez, como pensaba Robert Musil, un lector necio es un estúpido lector. Uno nunca sabe lo que lee hasta que reflexiona. En conclusión, todos somos estúpidos, no entendemos o no queremos entender. Somos necios o estamos condenados a entender demasiado tarde.
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