En el presente año, el de la violencia desmesurada, este año que representa transgresión a los derechos humanos y al resquebrajamiento social, y las noticias de la guerra sin cuartel, va a ser un año para no olvidar. Un año en el que la psicosis general se ha vuelto padecimiento y que conlleva a una enfermedad cada vez más aguda. Frente a esta violencia, el ciudadano opone un rechazo. En estas condiciones, uno se debate entre el repudio o la indiferencia.
La guerra es una mercancía convertida en dinero. Es un despilfarro de recursos y de odio. No hay clima más favorable para la descomposición social que el tiempo de guerra, el tiempo de terror.
La violencia, entre otras lecciones nos aporta la evidencia de haber alcanzado la perversión, no así extraña para el hombre. La violencia, como intolerancia, como enfermedad que es, necesita remedio, en cuanto alcanza sus límites.
Ante la violencia el tiempo apremia. Y en esta vertiginosidad la tolerancia debe ser prioridad, entregándose sin reserva. Es, pues, muy probable que en una sociedad impuesta a la violencia, la libertad de expresión se vea coartada, por falta de voluntad.
Todos los promotores de combatir violencia con violencia, atacarán con ferocidad a cualquier individuo que convoque a la calma. Así se revela, sin medias palabras, la actitud terrorista creada por unos cuantos.
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