Ivan Illich decía que sólo los hombres pueden y aprenden a habitar. Esto nos habla de la profunda relación que existe entre vivir y habitar. El mundo es nuestro hábitat y nosotros somos los habitantes. Pero, ¿hasta qué punto es habitable un lugar? Ciertamente hasta que concluya la vida del habitante. La casa es un lugar donde se habita. Cuando habitamos dejamos huella en determinado espacio.
Nuestra vida sería puro movimiento si no tuvieramos un lugar para habitar. Viaje constante, pues. Un lugar, una casa, una ciudad, nos permiten, en consecuencia, ser habitantes. Sin embargo, me pregunto qué sucede con el cuerpo. ¿Acaso no es habitación y a la vez vehículo? En él permanecemos, pero también nos trasladamos. Nos permite recorrer. Habitar el cuerpo es reconocerlo interior y exteriormente.
Hace poco leí que el que recorre no tiene casa, pues la casa no es el lugar al que se va sino al que se vuelve. Y como salir es estar fuera, habitamos nuestro cuerpo. No podemos salir de él. Apenas la muerte nos permitiría semejante situación. En consecuencia estamos condenados a un constante habitar. Pero un habitar movible. ¿No es acaso éste un oxímoron? Habitar es, digámoslo aquí, territorio. Es descanso, contemplación. Aún así, habitar es recorrer un territorio y demorarse en él.
Las personas construimos, más que nunca, para habitar. Pero los humanos no necesitamos necesariamente una habitación, sino un hogar. A este respecto Rafael Alvira menciona que la civilización moderna construye edificios, pero no tiene hogares. Y esto sucede porque el hogar es más que habitar. En esencia nuestro cuerpo es el verdadero hogar del ser. Y el ser también es movilidad. De lo contrario el hombre sería un ser inamovible encerrado en sí mismo.
Sólo cuando nos habitamos estamos fuera de nosotros mismos. Y así, estando fuera, nos damos cuenta de que hay un interior. Reconocerse en el otro también es una forma de habitarse. Es por eso que es necesario construir para habitar. Y esto quiere decir reconocerse de una manera práctica en uno, pero también en los demás. Cuando habitamos tenemos como referencia al sujeto y después comprendemos la necesidad de organización. Así es como habitar contiene las exigencias de lo individual y lo colectivo.
Nuestra vida sería puro movimiento si no tuvieramos un lugar para habitar. Viaje constante, pues. Un lugar, una casa, una ciudad, nos permiten, en consecuencia, ser habitantes. Sin embargo, me pregunto qué sucede con el cuerpo. ¿Acaso no es habitación y a la vez vehículo? En él permanecemos, pero también nos trasladamos. Nos permite recorrer. Habitar el cuerpo es reconocerlo interior y exteriormente.
Hace poco leí que el que recorre no tiene casa, pues la casa no es el lugar al que se va sino al que se vuelve. Y como salir es estar fuera, habitamos nuestro cuerpo. No podemos salir de él. Apenas la muerte nos permitiría semejante situación. En consecuencia estamos condenados a un constante habitar. Pero un habitar movible. ¿No es acaso éste un oxímoron? Habitar es, digámoslo aquí, territorio. Es descanso, contemplación. Aún así, habitar es recorrer un territorio y demorarse en él.
Las personas construimos, más que nunca, para habitar. Pero los humanos no necesitamos necesariamente una habitación, sino un hogar. A este respecto Rafael Alvira menciona que la civilización moderna construye edificios, pero no tiene hogares. Y esto sucede porque el hogar es más que habitar. En esencia nuestro cuerpo es el verdadero hogar del ser. Y el ser también es movilidad. De lo contrario el hombre sería un ser inamovible encerrado en sí mismo.
Sólo cuando nos habitamos estamos fuera de nosotros mismos. Y así, estando fuera, nos damos cuenta de que hay un interior. Reconocerse en el otro también es una forma de habitarse. Es por eso que es necesario construir para habitar. Y esto quiere decir reconocerse de una manera práctica en uno, pero también en los demás. Cuando habitamos tenemos como referencia al sujeto y después comprendemos la necesidad de organización. Así es como habitar contiene las exigencias de lo individual y lo colectivo.
2 comentarios:
Algo así: http://www.ags.gob.mx/imac/archivos/La_Catrina.pdf
Exactamente, Arlette. Estamos en sintonía. Habitar el pensamiento de los demás no es coincidencia, y es que las ideas andan por allí flotando, dispersas, en espera de alguien que las habite. Esta vez nos tocó habitar. Me gusta lo que mencionas acerca de la madre, sin lugar a duda nuestra primera habitación. Te mando un fuerte abrazo.
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