Lo nocivo de la culturita

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Acabo de leer un libro de ensayos. Se titula ¡Que se mueran los intelectuales! (Joaquín Mortíz, 2005). Su autor, Armando González Torres (México, D.F., 1964), aborda los intereses del mundo intelectual contemporáneo. Entre los temas destacan el acto de la lectura, la actividad intelectual, el progresismo, las posturas ideológicas del artista y el debate acerca de lo que se denomina cultura. Su autor es también intelectual (estudió en El Colegio de México y ha obtenido un par de reconocimientos nacionales). Entre estos ensayos, en realidad una recopilación de reseñas y artículos que se han ensamblado, a decir del autor, como una indagación no sistémica pero tampoco casual, me ha llamado la atención el que habla sobre la culturita, la grandeza y miseria de la intelectualidad. Su lectura me ha suscitado la siguiente reflexión.
La sociología ha dividido a la cultura en tres franjas: la cultura popular, la cultura de masas y la alta cultura. Armando González nos dice que actualmente puede percibirse una nueva franja cultural: la culturita. Entre los rasgos más significativos podemos encontrar que la culturita es un clima de ideas que se identifica por producir jerarquías estéticas, la hegemonía de la moda, el conformismo institucionalizado, el deterioro de la crítica y el nepotismo cultural, artístico e intelectual. Pero esto no es nada nuevo. En general, el conglomerado que forman los artistas, creadores e intelectuales es una organización cerrada que funciona como regulador de bienes. Obviamente se habla aquí del dominio que ejercen las élites culturales. La culturita es la producción continua, sin importar la calidad, proyección personal pública, entretenimiento artístico y elogios mutuos donde los creadores se convierten en miembros de la farándula más que en verdaderos artistas. Como es de suponerse, la culturita alberga grupos de intereses heterogéneos y, sobretodo, complicidad.
El idealismo en general, pero más aún la ambición por los triunfos artísticos, pueden estar cultivando las acechanzas de la culturita. Por ejemplo, dice el autor que entre mayores expectativas albergue un artista, entre más elevados e irrealistas valores cultiven, las trampas de la culturita serán más nocivas.
Son estos pensamientos los que me llevan a acudir a los escritores en general. Son ellos los que deben cultivar en la escritura el efecto que la sociedad y su entorno producen. El escritor debe registrar el resultado de lo que ocurre en su mente. Hay que ver cómo actúan los otros, por eso suele ser un oficio de egocéntricos, para descubrir las debilidades humanas que también son las propias.
Al leer el libro de Armando González Torres, el lector profundizará en las ideas e intereses que existen en el mundo cultural e intelectual que tanto apasionan al autor. Un desfile de ideas escritas casi como parodias y a veces de manera provocadora, con reflexiones serias sobre las posturas ideológicas y artísticas, así como de una inquisidora autocrítica, que hacen de este libro de ensayos, una delicia.
En resumen debo mencionar que estos ensayos son simples y esenciales: vitales. El tema de la culturita recoge uno de los tópicos recurrentes más allá de la política cultural, al que se debe anteponer el surgimiento de la obra creativa. Cuando se haya identificado claramente que la culturita obstaculiza el surgimiento de las obras artísticas, inmediatamente se habrá obtenido el mayor premio que el mundo artístico y cultural puedan poseer.

- Ismael Lares
La Voz de Durango, 03 de agosto de 2011