Del placer de ser pesimista

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Confieso que ser pesimista me causa placer. Porque este hombre que aquí escribe sigue confiando en sí mismo y en la raza a la que pertenece. ¿Acaso no hay mayor pesimismo que creer en la raza humana? Es inútil convencerme de lo contrario, la esperanza sólo abandera la estupidez. Y es en la estupidez, en esa necedad constante, donde el hombre se reafirma sin cesar. Pero mi pesimismo no tendría ningún sentido sin el hombre, por eso mantengo la esperanza en él, porque sin su existencia el pesimismo, acaso el mío, no tendría justificación. Si el mundo fuera deshabitado por el humano las cosas serían maravillosas; afortunadamente hubo algo que se empeñó en mantener a la humanidad en esta tierra. Eso me recuerda a Rotterdam. El filósofo decía que la estupidez, principalmente, se da en los dioses. Y es verdad. Mantener la fe en la humanidad, creer que alcanzaremos la madurez colectiva es la peor estupidez que se pueda pensar.

Creer en la humanidad equivale a estar privado de sensatez. Es así como la tolerancia ha sido uno de los principales factores que han mantenido a esta raza baldía a flote. Sin tolerancia todo sería distinto. Los tolerantes siguen creyendo, casi con escepticismo, que llegará el momento cumbre de lucidez. Algo colectivo. Pero, ¿no es la esperanza una utopía, mientras este involucrada la humanidad? Mantener un deseo de cambio es un signo de carestía. Por eso el deseo implica ausencia. Para Cioran, no hay nada más incomprensible que el deseo; lo que reafirma la permanencia en la necedad, en la falsedad. Así, pensar en progreso, mantener la esperanza en la humanidad, en su transformación colectiva hacia la prosperidad, nos convierte en alguien. Justifica nuestro ser. Y la peor invención es aquella que inventa la historia, supuesta prosperidad.

La superstición que el progreso de la humanidad implica es la de que haya un principio de orden divino, que da un sentido de vida. Algo bastante artificioso. Allí es donde varias escuelas filosóficas han destacado la inanidad del ser, es decir, su insustancialidad. Es así como el creyente convierte su fe en un vital afán de dar sentido a su vida. Las creencias deben ser revitalizadas constantemente. Necesitan tener, como objetivo primordial, la perseverancia, la fe.

Así creo que uno debería ser pesimista en la medida que mantenga su fe, su esperanza en el otro; que tal es mi actitud, mi posición. Así como creo que nunca se debe tener demasiada confianza ni habría que ser muy inseguros. Creo también, que en el optimismo, está implícito en cierto modo, el pesimismo del que había comenzado a hablar. Y finalizo puntualizando: el que mantenga su esperanza en los demás, en el otro, que no se impaciente, pronto llegará la lucidez, el pesimismo.

Información al margen

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Escucho a John Lee Hooker, uno de los máximos representantes del blues, magnífico guitarrista. Me vuela los sesos con su Boom Boom, sin duda mi canción favorita, de lo mejor que hizo. Cualquiera que se diga amante del rock debe conocer a Hooker, de lo contrario no puede llamarse rocanrolero. El bues tiene magníficos exponentes. Entre mis preferidos están Hooker, Muddy Waters, Willie Dixon y Magic Sam. Confieso que B.B King no entra en esa lista. Pueden pensar que soy un insolente, pero qué puedo hacer. No me agrada. Punto. Muy considerable es mi inclinación por el blues sencillo y duro.

Leo Educar a los topos de Guillermo Fadanelli. Me atrapó de manera instantánea. La narrativa de Fadanelli es corrosiva, eso le da un toque de aparente rudeza, pero como buen narrador que es, ha dotado con brillantes destellos poéticos su prosa. Hubo, por ejemplo, un párrafo que me gustó sobremanera. Habla el personaje principal, un hombre adulto que recuerda su infancia en un colegio militarizado. Entre las primeras páginas hay una imagen maravillosa. Dinamita pura. Dice el personaje algo así como que al final de su vida carecerá de rostro, pero a cambio tendrá piedras que en conjunto formarán montañas. Imagino a este hombre con unas profundas grietas en el rostro, como si el Gran Cañón de Colorado habitara en él. Aún no he terminado de leer la novela y confieso que me entusiasma.

Compré la película Des hommes et des dieux, traducida al español como De dioses y hombres del cineasta Xavier Beauvois. Quise verla hace un par de noches, pero estaba exhausto y no soporté el inicio. El sueño resultó vencedor. Espero verla hoy. Ya estaré comentando. Se llevó el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes 2010.

Vi el juego de americano entre Nueva Orleans y Atlanta. Increible. Drew Brees rompió un record de ensueño. Adiós a Dan Marino. Ahora, Drew es el quarterback con más yardas recorridas en lanzamientos, en una temporada, claro. Brees es puro corazón. Un líder nato. Si los Santos de Nueva Orleans llegan al Super Bowl, seguramente apostaré a su favor.


De la actitud terrorista

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En el presente año, el de la violencia desmesurada, este año que representa transgresión a los derechos humanos y al resquebrajamiento social, y las noticias de la guerra sin cuartel, va a ser un año para no olvidar. Un año en el que la psicosis general se ha vuelto padecimiento y que conlleva a una enfermedad cada vez más aguda. Frente a esta violencia, el ciudadano opone un rechazo. En estas condiciones, uno se debate entre el repudio o la indiferencia.

La guerra es una mercancía convertida en dinero. Es un despilfarro de recursos y de odio. No hay clima más favorable para la descomposición social que el tiempo de guerra, el tiempo de terror.

La violencia, entre otras lecciones nos aporta la evidencia de haber alcanzado la perversión, no así extraña para el hombre. La violencia, como intolerancia, como enfermedad que es, necesita remedio, en cuanto alcanza sus límites.

Ante la violencia el tiempo apremia. Y en esta vertiginosidad la tolerancia debe ser prioridad, entregándose sin reserva. Es, pues, muy probable que en una sociedad impuesta a la violencia, la libertad de expresión se vea coartada, por falta de voluntad.

Todos los promotores de combatir violencia con violencia, atacarán con ferocidad a cualquier individuo que convoque a la calma. Así se revela, sin medias palabras, la actitud terrorista creada por unos cuantos.

Exceso de estupidez

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Llego a la ciudad. Apesta. Es una cloaca. Este olor fétido me cautiva. Será un lugar insoportable, pero disfruto vivir aquí. Han pasado diez años desde que llegué a este lugar. He llorado, reído, emborrachado, vomitado; he organizado parrandas, he conocido mujeres, he logrado un par de amistades; también he vivido en colonias espantosas, en zonas residenciales, en departamentos, casas y cuchitriles.

Empecé a escribir con mayor frecuencia cuando llegué a esta ciudad. La escritura se ha convertido en un hábito para mí, aunque no tanto como la lectura. Leo, luego escribo. Ahora que lo pienso, he dejado un par de libros varados. En alguna esquina abandoné las páginas de Rayuela. Jamás disfruté de su lectura. Era tan complicada como mi exmujer. Me recordaba las calamidades que pasé a su lado. Rayuela salió rayada de mi vida. Con ella terminó un ciclo y comenzó otro. Me di cuenta de que la escritura es bastante parecida a las mujeres. Indomable. Te puede volver loco y destruirte. O bien, te puede llenar de inconmesurable placer. Es una droga. Causa adicción. De la misma manera sucede con la lectura.

Hay quien se sorprende de ver a un tipo como yo hablar de libros. No me queda más que leer. A propósito, leí a Branimir Scepanovic y me dejó con la boca llena de tierra, es decir, anonadado. Sin palabras. Es que apenas leí su libro y recordé lo estúpido que puede ser un lector con pretensiones de literato. Escribir es un acto egoísta. Pretender que alguien más lea lo que uno escribe es aún peor. Pero Scepanovic es diferente. Su narrativa está dotada de un poder indiscutible. Leerlo me ha hecho sentir incómodo. Es un genio. Los genios incomodan.

Debería hablar sobre música. Nietzsche se acercó a la música porque sin ella la vida sería un error. Coincido plenamente con el filósofo alemán. Es verdad que la vida sería insoportable sin música ni libros; aun sin cine. En este momento escucho a Jonathan Wilson. Una propuesta interesante. Su álbum Gentle Spirit es de lo mejor que deja el 2011. Este magnífico disco es un viaje. Rock folk de alto vuelo. En algunos tracks me recuerda a Neil Young. Desert Raven es el sencillo que más he disfrutado. Transcurre con psicodélica parsimonia. Rock suave, muy cercano al Pink Floyd de Gilmour.

Nicanor Parra ganó el Cervantes. Tengo prejuicios respecto a la poesía. Parra reivindicó el curso de la poesía chilena. Antipoesía es un buen título para un disco de rock. Siento una cercanía con todo aquel que busca la emancipación. El antipoeta es el prototipo del deconstructor. Desmantelar lo categóricamente lírico fue una provocación que aún aplaudo.

A propósito de lectura, yo jamás leería a Carlos Fuentes ni a Enrique Krauze. Aplaudo a Peña Nieto. Pienso que si el candidato hubiera tenido la suerte de leer a Kennedy Toole, tendría presente el título La conjura de los necios. Aunque la necedad es pura estupidez. Y si la necedad tiene que ver con la estupidez, como pensaba Robert Musil, un lector necio es un estúpido lector. Uno nunca sabe lo que lee hasta que reflexiona. En conclusión, todos somos estúpidos, no entendemos o no queremos entender. Somos necios o estamos condenados a entender demasiado tarde.


Pensar el decrecimiento

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Actualmente, nuestra sociedad capitalista ha conseguido trascender la idea de un mundo sin límites. Estamos ante un monstruo del sobreconsumo que va arrasando de manera progresiva con el medio ambiente, dejando una huella casi imborrable. El derroche y la sobreproducción se han maximizado gracias al capitalismo. La frase que dice: "trabajar más para ganar más", es una mentira, una trampa. El trabajo asalariado y esclavizante ya no es suficiente para mantener a una familia. Si pensamos en el esfuerzo que conlleva mantener el estilo de vida moderno, en especial en la sociedad mexicana, la anterior frase resulta incluso una obscenidad.

Serge Latouche, filósofo francés, afirma en el Pequeño tratado del decrecimiento sereno, que es imperativa la necesidad de un cambio cultural que desemboque en la creación de un nuevo enfoque para abordar los problemas de un sistema social al borde del colapso por hiperconsumo. Y sugiere adoptar, aunque sea una utopía, el modelo decrecentista; además propone replantear el concepto de riqueza y bienestar. Yo no sé si la propuesta de Serge Latouche sea la más adecuada. Lo que me queda claro es que el modelo capitalista sólo favorece a unos cuantos; vuelve a las personas víctimas de una economía agobiante y acelerada; promueve la estupidez masiva gracias a la máquina colonizadora de mentes: la publicidad y la mercadotecnia; ha maximizado el deterioro del medio ambiente y, por si fuera poco, ha globalizado cualquier cantidad de problemas como la pobreza, la drogadicción, los conflictos bélicos, el hambre, la escasez y las migraciones, entre otros.

El desafío consiste en liberarnos de las cadenas que nos mantienen prisioneros. La realización de la sociedad del decrecimiento podría lograr la descolonización de nuestro imaginario, pero dicha descolonización resulta un requisito previo para construirla. Los educadores deben desintoxicarse ellos mismos para poder transmitir unas enseñanzas no tóxicas, escribe Latouche.

En mi opinión esas cadenas que menciona Latouche son casi imposibles de romper. A este respecto, Jean Francois Brient dice, en su documental De la servidumbre moderna, que los amos existen porque hemos querido mantenernos esclavos.

El decrecimiento es una propuesta alternativa que propone, principalmente, la sobriedad y la simplicidad voluntaria. Para definir a las personas que deciden vivir con menos y consumir productos de manera responsable, Duane Elgin, activista, escritor y promotor del vivir con menos, acuñó la mencionada expresión simplicidad voluntaria. Las principales razones para generar y proponer este voluntarismo por lo simple, tienen que ver con la mala situación económica, con la ausencia de una verdadera calidad de vida, las diferencias entre quienes consumen en exceso y quienes carecen de lo esencial para vivir, así como el mantener una relación equilibrada con el medio ambiente.

Por eso es necesario ser conscientes y reevaluar las condiciones sociales y ambientales a las que está sometida la civilización moderna. De seguir a este ritmo, los problemas que sufrimos en la actualidad se recrudecerán sin que podamos actuar contra este fenómeno del "sobre": sobreconsumo, sobreendeudamiento, sobrepoblación, sobreproducción... En fin, yo intento sumarme a ese grupo de activistas que promueven y actúan, y hasta ahora he logrado replantear algunos de mis hábitos. Hora es ésta de señalar que nuestros hábitos de consumo y nuestro modus vivendi exigen un nuevo proyecto de sociedad.

La creación como silencio interior

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Hay quienes piensan que el aislamiento es necesario para la creación. Lo cierto es que han sido muchos los creadores que se han alejado de la cotidianidad para encontrar su inspiración y materializarla. Henri Bergson afirmó de manera lacónica que "todo se haya en nosotros mismos". Si todo creador fuera fiel a ese principio, se haría del silencio la principal fuente de creación; sin embargo, hay creadores que prefieren el bullicio, la música o el ruido del exterior. Indudablemente es la búsqueda de inspiración lo que motiva a tantos artistas a recogerse en espacios que la vida cotidiana no logra posibilitar.

Toda obra nos da una señal sobre su autor; es como una luz que nos guía por donde es posible. Y es que hay obras que valen más por su silencio, por la expresión misma, que por la vida de sus autores. El silencio admirativo es tan grande que sólo es posible mantenerlo frente a una obra. Esto se clarifica al conocer la vida del creador porque los autores plasman de intimidad su obra, y gustan de custodiar en ella sus profundos sentimientos. ¿Acaso no es esto una especie de silencio?

Para Federico García Lorca el silencio contemplativo nace de la pasión, del fuego. Por ello es necesario aquietar la impaciencia, y estar convencido de que sólo mediante el silencio, la obra irá naciendo, hasta que ya finalizada muestre su profundidad. Por eso, García Lorca dice: ¿Qué voy a decir yo de esas nubes, de ese cielo? Mirar, mirar. Mirarlas, mirarle, y nada más. Aprender el quehacer silencioso y constante parece necesario. Las palabras de Lorca son comunes a todos aquellos que valoran la contemplación como un hallazgo personal. Casi como un deber.

Ludwig Mies Van Rohe buscaba la sencillez, la simplicidad, la austeridad para mostrar la grandeza de los detalles que, posteriormente, darían fruto en el pensamiento minimalista. La figura del arquitecto alemán se impuso desde el silencio, abriendo un nuevo lenguaje, inaugurando lo que el llamaba "construcción de piel y huesos". Para Van Der Rohe el silencio es el efecto del hombre que abandona todo lo innecesario para contactar con lo fundamental.

Necesario es mencionar que el silencio también es una forma de decir sin precisar palabras. Por tanto, el silencio también es manifestativo. A este respecto, Heidegger establecía que callar es una forma de hablar, adelantándose con esto a la interpretación del lenguaje.


En la actualidad es difícil apartarse del ruido cotidiano. Casi resulta imposible alejarse del mundo, aunque personalmente creo que el verdadero silencio debe ser interior.

Pensar la estupidez

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La mayoría de los hombres que ignoran la estupidez, en realidad afirman su propia estupidez. Esto es más o menos lo que dijo Robert Musil en su conferencia «Sobre la estupidez». Y también mencionó que en realidad, la necedad nos domina, esto demostrado por la forma en que el mundo se mueve. Realidad que puede ser etiquetada como la estupidez del poder.

Entonces, ¿cómo podemos definir la estupidez? Es un hecho que sin duda no se alcanza a la primera explicación, no obstante el mismo Musil resumió que la estupidez es el «vergonzoso dominio que la necedad tiene sobre nosotros». Cuando uno descubre que el egoísmo, la megalomanía y la perversidad intencionada no son los principios de las malas decisiones, sino la pura estupidez, se ha dado un gran paso.

En este sentido creo que todos conocemos el tema de la estupidez. Es obvio que no a profundidad. Pues un hecho es que hay una escasez de autores dedicados a esta cuestión. Sin embargo, es un tema tan vasto como cualquier otro, pero abrumadoramente evitado. Y es que intentar comprender la estupidez puede causarnos un problema, puesto que todos somos estúpidos, pero no lo reconocemos.

Hay quien piensa que la estupidez impera por azar evolutivo. En consecuencia, la necedad está en constante evolución. Y es verdad que una especie como la nuestra debe aspirar a comprender los hechos que parecen confirmar esa suposición. Pero cualquier reflexión nos conduce a pensar, invariablemente, que la estupidez, al combinarse con otros factores, puede ser devastadora. Sólo hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana, dijo Einstein, con quien comparto más de un punto de vista. Avita Ronell, profesora de filosofía, decía que definir la estupidez es tarea difícil si apenas se le comprende. Porque sabía que la estupidez se relaciona con los fallos de la conducta humana. La necedad es en verdad un grave problema. Cada vez que uno actúa con necedad, sin darse cuenta, tiene escrita ya una palabra en la frente. Por eso mismo creo que el título se otorga a quien lo merece.

La historia da cuenta de las estupideces más grandes que ha cometido el ser humano. Dice James Welles que la disciplina de la historia colecciona fallos y errores, una celebración del poder infinito de la estupidez. Esa disertación me lleva a pensar, sin más explicaciones, en mi personal historia de vida. Mi necedad me convierte automáticamente en un estúpido. Pero esa actitud de necedad también la tendrán que hacer suya los que se rigen únicamente por las emociones; aunque a nuestro favor queda pensar que no todo se puede resolver mediante una aparente lógica. Pero “¿por qué seguir hablando de los mortales?”. Se cuestionaba Erasmo de Rotterdam en su célebre Elogio de la estupidez*. A lo que el mismo Rotterdam contesta: “a la estupidez se entregan sobre todo los dioses”.


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* Stultitia Laus; Loa de la estulticia, como diría el latín franco; o Morias Enkomion, Encomio de la tontería, como agrega el griego.

- Ismael Lares
Texto escrito para Bajo Palabra, noviembre de 2011


Sobre la violencia

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No quiero ser pesimista, prefiero pensar que en algún momento se terminará la violencia; aunque criminales siempre existirán, y el gobierno seguirá buscando cómplices para justificar su accionar violento. El claro ejemplo de esto lo tenemos al norte, en nuestro país vecino. Pero también está en nuestras calles.

Un rasgo característico de la violencia que nos rodea en el México actual es no tener límites. La lógica de la violencia es por supuesto la de violentar el espacio físico, las mentes y los corazones de los oponentes. Y no suficiente con eso, invoca al terror e instaura una cultura de la violencia y el temor en todos los órdenes de la sociedad.

La violencia tiene la obsesión persistente de llevar la destrucción al otro. Así, la guerra realiza esa pretensión imponiendo una uniformización de la violencia, que tiene la paradójica misión de combatir al mal, es decir, a la otra violencia.

Esta guerra no se basa ya en el combatir, sino en el violentar.

La violencia es una enfermedad que se propaga a un ritmo vertiginoso, porque seguimos creyendo que violentar es la solución. Pero así como existe un mal también hay un antídoto. ¿Dónde encontrarlo?

Me queda claro que no puede venir de atacar la violencia con mayor violencia. Lo que más asusta es el perfil humano de la destrucción. Eso me recuerda a Hannah Arendt, hablando sobre la banalidad de la muerte.

Estamos viviendo una descomposición social que se expresa mediante la violencia, sea ésta fomentada por criminales, políticos, terroristas o ciudadanos. La consecuencia que produce es una violencia más encarnizada y, por consiguiente, la muerte de seres inocentes.

Sólo mediante la paz y la educación podemos combatir la violencia. Si no mal recuerdo, Gandhi llamó a esto: lucha por la no violencia.


Pensar el hábitat

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Ivan Illich decía que sólo los hombres pueden y aprenden a habitar. Esto nos habla de la profunda relación que existe entre vivir y habitar. El mundo es nuestro hábitat y nosotros somos los habitantes. Pero, ¿hasta qué punto es habitable un lugar? Ciertamente hasta que concluya la vida del habitante. La casa es un lugar donde se habita. Cuando habitamos dejamos huella en determinado espacio.

Nuestra vida sería puro movimiento si no tuvieramos un lugar para habitar. Viaje constante, pues. Un lugar, una casa, una ciudad, nos permiten, en consecuencia, ser habitantes. Sin embargo, me pregunto qué sucede con el cuerpo. ¿Acaso no es habitación y a la vez vehículo? En él permanecemos, pero también nos trasladamos. Nos permite recorrer. Habitar el cuerpo es reconocerlo interior y exteriormente.

Hace poco leí que el que recorre no tiene casa, pues la casa no es el lugar al que se va sino al que se vuelve. Y como salir es estar fuera, habitamos nuestro cuerpo. No podemos salir de él. Apenas la muerte nos permitiría semejante situación. En consecuencia estamos condenados a un constante habitar. Pero un habitar movible. ¿No es acaso éste un oxímoron? Habitar es, digámoslo aquí, territorio. Es descanso, contemplación. Aún así, habitar es recorrer un territorio y demorarse en él.

Las personas construimos, más que nunca, para habitar. Pero los humanos no necesitamos necesariamente una habitación, sino un hogar. A este respecto Rafael Alvira menciona que la civilización moderna construye edificios, pero no tiene hogares. Y esto sucede porque el hogar es más que habitar. En esencia nuestro cuerpo es el verdadero hogar del ser. Y el ser también es movilidad. De lo contrario el hombre sería un ser inamovible encerrado en sí mismo.

Sólo cuando nos habitamos estamos fuera de nosotros mismos. Y así, estando fuera, nos damos cuenta de que hay un interior. Reconocerse en el otro también es una forma de habitarse. Es por eso que es necesario construir para habitar. Y esto quiere decir reconocerse de una manera práctica en uno, pero también en los demás. Cuando habitamos tenemos como referencia al sujeto y después comprendemos la necesidad de organización. Así es como habitar contiene las exigencias de lo individual y lo colectivo.

Sobre la violencia en México

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Felipe Calderón ha decidido combatir al narco por la fuerza. En sus pronunciamientos declaró la guerra permanente contra los cárteles de la droga en México. Con ello se inaugura un sexenio de violencia desmedida.

La guerra contra el narcotráfico a llevado a una masacre. Se trata de un enfrentamiento sin cuartel. A consecuencia de tales hechos han perdido la vida una gran cantidad de inocentes (daños colaterales). Se suma también el desorden, el caos y la inseguridad.

El gran peligro para México es la violencia. Muchos ciudadanos hemos sentido un profundo terror por esta guerra contra la delincuencia organizada. Y es necesario decir que no ha sido una guerra sino una masacre.

La realidad es que el gobierno de Calderón ha decidido resolver el problema del narcotráfico utilizando la fuerza sin condiciones. El efecto de ésta decisión es la violencia inconmesurable. El gobierno está marcado por tantas contradicciones que no consigue imponer orden, a no ser por medio de la violencia. Situación que revela la crisis.

El sexenio de Calderón definió una estrategia comprensible pero equivocada: combatir la violencia con violencia. Después de varios años no se ha conseguido eliminar la amenaza, ni siquiera disminuirla. No hay eficacia en la estrategia. Los mecanismos han sido equivocados. Por otra parte, algunos candidatos a la presidencia han declarado que de ganar las elecciones seguirían con la misma estrategia. La violencia es consecuencia de la descomposición social, por consiguiente de la inseguridad actual.

El sociólogo Lester Ward sostenía que todo aquello a que se resiste, se organiza internamente. La organización es sinergia. Por eso hay que tratar de impedir la organización del crimen. Se propone vencer al mal sin fortalecerlo previamente.

Antonio Caso reflexionó sobre la violencia y ponía como ejemplo lo siguiente:

Un explosivo que, arrojado sobre la roca viva de enorme resistencia, deshace la montaña, al caer sobre materia blanda, a pesar de su fuerza destructora, no causa estragos. Por eso cabe decir que la fuerza destructora depende de la resistencia opuesta a la destrucción. Pero, ¿quién será capaz de persuadir [...] con suavidad y mansedumbre, hoy que todo el mundo combate con el encarnizamiento más satánico de la historia?

De continuar con la guerra, el problema no tendrá solución, y cada vez más la sociedad sufrirá las consecuencias. ¿Sabremos oponer resistencia? Todas las estrategias no valen nada si existe la soberbia.

La palabra como defensa

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Palabra es revelación. Aparece y emerge en sí misma. Pretende revelarnos el pensamiento. Sabemos que el lenguaje no puede reducirse a la simple comunicación, que la totalidad del individuo se compromete con su palabra y se constituye a través de ella. Es por eso que la palabra es medio creador. A través de ella, el hombre crea el lenguaje. No por nada Octavio Paz decía que la fuerza creadora de la palabra reside en el hombre que la pronuncia. Así, cada palabra esconde una carga humana. Es una conexión entre individuo y exterior; es reunión entre creador y creación, pero también es participación. El hombre crea y recrea la palabra de manera cíclica. La palabra es parte original del hombre, la comunión entre ambos engendra una relación con lo externo. El hombre se revela a sí mismo, abre las puertas del saber mediante la palabra. El lenguaje está hecho de palabras. El hombre busca su lenguaje a través de ellas. La palabra es inseparable de nuestro ser; es una totalidad viviente. Las palabras del individuo son las de toda la comunidad.
Coleridge se refería a la poesía como un impulso íntimo, pero este instinto no es exclusivo del poeta, cualquier individuo puede aspirar al impulso que le otorga la palabra como herramienta prodigiosa o cualidad hostil. El hombre manipulará las palabras, ya sea con delicia o con ira, porque lenguaje es simultaneidad. Entonces la palabra puede ser ataque, pero también defensa. La palabra como medio defensivo enfrenta a la otredad. Es poder, puede ser salvadora o destructora. Todo lo puede. Es un arma de doble filo. La palabra provoca, sea cielo, purgatorio o infierno. Tiene la capacidad de transformar y ser transformada. Ir más allá, desafiar lo prohibido, lo posible y lo imposible.
No sé hasta qué punto tiene validez lo que el individuo puede decir de su propia palabra. Como portador de ella, el individuo debe, al menos, difundirla. De ahí que la palabra sea instrumento, y el hombre el instrumentista que ajusta y afina los varios matices del instrumento. Ser portavoz de la palabra es una de las tantas condiciones del hombre.
Todo hombre tiene el deber de defender la palabra y defenderse mediante ella. La defensa del hombre por medio de la palabra constituye un impulso formal del individuo al exterior, es decir, del individuo a la lengua; asi también la palabra impulsa los estímulos sensoriales del exterior al interior, es decir, de la lengua al individuo. Así, el hombre, al pronunciar la palabra, debe encontrar el equilibrio entre ambas funciones.
La palabra no le tiene miedo a nada, sólo al silencio. Y esta palabra que no teme defiende la libertad. Expresión como libertad. Libertad como expresión. La palabra continúa su curso, dibujando una línea de claridad ante la noche inexpresable. El individuo tiene la capacidad para decir lo que quiera, vaya a donde vaya. La palabra es una arma y el hombre en su lucha de expresión, tiene derecho a combatir mediante un lenguaje vivo, que cumple su misión pura, no siendo ésta la demagogia, sino la de llevar a los demás la palabra, a mí, a ti, a ellos, porque hablamos de la palabra y ella habla por nosotros, pero por otro lado, la palabra puede condenar. Así, la palabra es perpetua posibilidad de salvación o condena. Pero si la palabra condena, es a través del hombre. Entonces no todo hombre es digno de poseer la palabra, mucho menos aquella que defiende y salva.


- Ismael Lares
La Voz de Durango, 30 de agosto de 2011

Abigael Bohórquez, poeta

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Buscando libros para releer, me encontré en esta semana con un poemario de calidad inmejorable del poeta sonorense Abigael Bohórquez (Caborca, Son., 1936 - Hermosillo 1995). A mi parecer, Navegación en Yoremito es una de las más grandes joyas de la poesía mexicana. Ya va siendo hora de que en Durango le hagamos un homenaje al primer gran poeta que da el norte de México, en palabras del maestro Pellicer; por eso me he dado a la tarea de copiar y transcribir uno de los más célebres poemas del mencionado libro, no sin antes citar también un par de versos sobre este gran poeta, dramaturgo y promotor cultural, tal y como lo elogiara uno de los protagonistas del grupo los Contemporáneos, Carlos Pellicer:

AL POETA ABIGAEL BOHÓRQUEZ

Joven, toma de ti la poesía
y jura -en vano- que el amor no existe.
Lo que amorosamente no dijiste
alimenta a los pájaros del día.
[...]
Tú ya empiezas a ser para el abismo.
Líbralo como el viento que ladea
con su anchura delgada su espejismo.
[...]


Paso ahora a transcribir el poema, especie arcaizante que admite el ludismo lingüístico, del que siempre fue promotor Bohórquez. Su concepción poética refleja a un poeta profundamente arraigado a la tradición idiomática, como bien dijera Manríquez Durán. Los neologismos, pochismos y disparates poéticos son recurrentes en la obra del poeta sonorense; sin embargo, es en este libro que hoy menciono, donde Bohórquez se revela como un finísimo malabarista de la palabra que aporta ritmos y formas que enriquecen la tradición de la poesía en lengua castellana. El título del poema, barroco por su extensión y forma, no puede ser más emotivo y desgarrado: Parte do no se muere sino que se vive la cruda suerte de matar. Los versos van tiñendo con intimidad eso que se nombra el otro amor, donde el desconsuelo toma un ritmo particular. Puede ser un poema complejo, pero a la vez, si es permitido el oxímoron, sencillo. Sólo me resta invitarlos a leer este maravilloso libro, en el que no hay límites para el poeta ni para la poesía:

PARTE DO NO SE MUERE SINO QUE SE VIVE LA CRUDA SUERTE DE MATAR

Oy'ese, clarosojos,
mano aferrada a mi cadera exigüa:
esta piel que tú eres,
liturgia humedecida a fuer de pídemele,
luz de mi tacto loco,
de mis ojos eléctricos,
es la mi piel peguedesumbra tuya,
hecha este rito de saliva y queja
donde tu peso y tu tenencia empujan
crótalos que hablan sí,
zaeta en carne acarne,
bálano tremolávido
que entrando se derrite,
reventazón que sale donde nos hay salida,
que duele peor, trenzados ejercicios
cuando conducto, orgasmo, lactelumbra,
viaje de espermas y niños desahuciados
quedan amor, así, desconsolándose
cortado ya el oficio de su vida.
Oy'ese lince,
súbita lazada,
posesor deleitoso,
contado te he que agora sólo siento
sabroso y tierno llanto,
que me ha dejado tu ala numerosa
en el vuelo infecundo de este cuarto.


- Ismael Lares
La Voz de Durango, 11 de agosto de 2011