Séptico

Séptico, de Luis Vicente de Aguinaga
Ediciones Simiente, Colección Simonía
Poesía, 2012


Hay mérito en los versos que contiene Séptico, de Luis Vicente de Aguinaga. Contaminan y avanzan con sencillez, abandonan el escándalo de la herida que pudiera sangrar a borbotones y, en su lugar, decirnos sin estrépito que la sepsis es provocada por la espera. Para Luis Vicente eso es la poesía, la séptica y verdadera: un arte catártico de sencillez y abandono, que, en soledad, en silencio, crea el poeta. En este libro, de Aguinaga está contaminado de verdad, tal es la clave de sus versos, la afección que lo enturbia. Los poemas que dan forma a Séptico van in crescendo, y reflejan la bruma de todo lo que florece bajo la piel.
Me atrevo a definir, ante todo, la septicemia como lo excesivamente contagioso. Eso es lo séptico: la incertidumbre, la desolación ante lo desconocido, es la causa de muerte por un arte diáfano. Este libro, a mi parecer, nos habla de asumir el desamparo de quien baja la mirada y se afirma en el acto mismo de dar vergüenza. El poeta abre la puerta al territorio de lo frágil y a la experiencia emotiva, pero después la cierra y le quita la manija. Parece crear apartado de la solemnidad, contrario a lo que ocurre fatalmente con otros poetas. 
Los poemas que se desprenden de Séptico generan y proponen un hálito de reflexión, una razón para agradecer el afán de analizar lo cotidiano. Quizá la tentación de convertir la simplicidad de la vida, en palabra poética, sirve al poeta para curarse a sí mismo. Contemplemos, pues, la inexorable sencillez que nos obsequia, en un par de versos, su más frágil desamparo:

     Cómo voy a dormir
     si el cortaúñas está solo.
     Con qué voy a soñar
     si no encuentro mi almohada
     ni entiendo qué cosa sean las tres, las ocho y cuarto,
     el mes que viene.

Incertidumbre. Aquí comienzan los poemas que dan validez al territorio de la duda. No en vano, Luis Vicente abre su libro de poemas desde su irremediable condena de cuestionamientos, a ver quién se lo explica:

     ...qué opinan de la vida los difuntos,
     del día las estrellas,
     la nuca de la frente.

La poética de Luis Vicente de Aguinaga es una diáspora de fruslerías que llegan a implicar extrañamiento, pero sin trivializar el hecho poético. Y es que en la presencia reiterada de términos como: nadie, nada, no, sombra, afuera y vacío, está el común denominador de los poemas que componen el libro, o de las situaciones y acontecimientos nimios en aparienciaque congregan en el autor su propia inmanencia:

     Cada sombra es un foco atrás de un cuerpo.
     Cada grano de azúcar
     trae debajo una hormiga.


La espontaneidad y admiración de los poemas reunidos en Séptico hacen de Luis Vicente un autor omnívoro. Hay que recurrir a sus lecturas y referencias, a los tres epígrafes que descubren los caudales de singularidad que configuran estos poemas que, parafraseando al bardo español José Ángel Valente, se posan ante nada, ante lo que nadie ve o ante la visión transparente. Es necesario mencionar que no hay una referencia clara de los autores a los que de Aguinaga rinde culto en este poemario. Los tres epígrafes que transitan entre las páginas de Séptico, corresponden a distintos autores que, apenas un lector de aguzados sentidos, amante de la música y la poesía, podría atinar. Desde Lindsey Buckingham a Ben Harper sobresalen, de modo certero, algunos de los versos más personales, siendo el caso de "Bajo la piel":

     Bajo la piel renacen lenguas muertas.
     Bajo la piel 
     todo se mueve.
     Si algo murmura.
     Si algo late o respira.


Y también están los versos más repentinos, como en el poema intitulado "Con el amanecer":

     Con el amanecer 
     no valen tratos
     No parecemos importarle
     ni en lo próspero
     ni en lo adverso.
     [...]
     Mejor la oscuridad.
     Renuncio al día.


Para concluir, baste pensar que la palabra poética perdura en la reflexión del lector. La simonía del afán poético no reside en tratar con lo sagrado, sino en atender lo habitual y frecuente de la vida. Esta consideración tan necesaria para la lectura de Séptico, como es bien sabido, no existiría sin la reunión entre lector y palabra poética. Es gracias a la naturalidad y tesón del poeta que, Alguien conoce a Nadie, cuestionando, sobre todo, sin atender al griterío de los aún vivos:

     Los muertos no son
     de nadie. Ni yo
     soy de ningún muerto.


Después de leer Séptico, quedo suspenso, y, al igual que Luis Vicente de Aguinaga, manifiesto:


     El que no sea fantasma todavía
     que levante la mano y pida tiempo. 

- Ismael Lares, mayo 2012.

En defensa del text jockey

A
Ensayar es la clave. El ensayo es un sampleo textual. Como en todas las disciplinas creativas pensadas para la expresión del hombre, el ensayo es un conglomerado de paneles. ¿Qué diantres significa hoy un ensayo? Tengo que releer a Montaigne. Y los ensayos de Chesterton. Text jockeys como yo. Ensayar es la clave. Hay muchas ideas por plasmar, como la de aquel hombre que vigilaba el flujo de los textos privados en cada cita. Por fin descubierto, Sealtiel prefiere no revelarse como text jockey. Carece de argucias, pero las pudiera tener si fuera más creativo, porque la escritura no es propiedad de nadie, mucho menos las ideas, tal vez pertenezcan al polvo, a las ruinas, al desierto. Habría que reescribir lo inverosímil de la pureza. En un rincón está una civilización pura que sucumbió a sí misma. Y permanece ahorcada.
Leo que en algunas revistas han disertado sobre mi querido género ensayístico, tantas veces derrotado en sendas literarias. Supongo que a nadie común le interesa la legendaria superioridad del ensayo en literatura. Creo que hay lectores que leen confusamente y con velocidad y no han entendido que para leer ensayo es necesario meditar, sentir el texto, su intención. En los antiguos textos griegos se puede apreciar una ligera idea del sampleo. Actualmente, los ensayistas no parecen darse cuenta de que los que inventaron el género ensayístico fueron los griegos. Y gran parte de los ensayistas que siguen enfrascados en Francia e Inglaterra saben que mis palabras son ciertas. Pero, aparentemente, es inevitable deslindar el copyright del "ensayo" a Montaigne.

B
El típico ensayista académico que admira las citas y referencias, por supuesto, jamás entenderá de sampleo, porque las citas bibliográficas demuestran que el ensayista es pusilánime, especialmente ingenuo, es incapaz de entender que las ideas son impuras.  Algún ensayista habla del "ensayo ensayo", por la sencilla razón de que representa a la resistencia. Y para que de verdad permanezca una visión en apariencia pura, se le debe dar importancia a lo prístino. Pero a Montaigne no creo que le importe. El problema, pues, es que no hay problema. El ensayo, en lugar de ser un híbrido, una maravillosa mezcla en la que todo ensayista pueda participar y probar, se ha convertido en una justa exclusiva entre académicos con los que ningún text jockey puede competir.

C
Otros ensayistas proponen abandonar los útiles con los que se marcan fronteras entre los géneros. Y ésto me lleva de manera irremediable a cuestionar ¿acaso podemos evitar que existan los géneros? Lo dudo. Y no creo que haya alguien a quien le interese la "escritura escritura". El sampleo textual puede generar un terreno fértil cuando se trata de samplear: ahí están los neologismos. A propósito de sampleo textual me viene a la mente Navegación en yoremito, de Abigael Bohórquez. Me interesa el hecho de que todo se pueda mezclar, más allá de la relación entre ideas, textos, imágenes. Esto es, que un ensayo sea reconducido hacia el sampleo literario.

D
Una exposición de textos que transmiten con eficiencia un mensaje no merecen ser encasillados. El caso del ensayo, según Adorno, me parece un claro ejemplo de sistematizar los géneros. Espero que esa forma de concebir al ensayo dentro del género "didáctico-ensayístico", deje de dominar en la práctica.
Respeto la tradición secular que estableció Montaigne y Bacon, al igual que el vasto terreno que se designa "géneros ensayísticos", así como la necesaria constitución de acabar con la estúpida problemática de  academizar y denominar textos. El ensayo es amplio, y viene a constituir, por así decir, un sampleo, una producción creativa, un repositorio de textos, la extensa producción textual no científica. Ensayo leviatán de la modernidad. Nadie está libre de sampleos, y el que no esté seguro debe intentar escribir un ensayo, porque la escritura hace que nos descubramos, que nos conozcamos a nosotros mismos. A todos nos va el ensayo porque probar es ignorar lo que se busca, así se acude a la libertad de pensamiento. Pensar es la principal ocupación del ensayista, y su verdadera esencia reside en la libertad de samplear ideas en el domino absoluto de nadie. No existe la cita textual: lo que así llamamos no es otra cosa que el punto de reunión de una idea con otra. Quien no quiere samplear es un arcaico; quien no puede samplear no es ensayista.

E
No cabe duda de que ensayar es un acto natural. Todo lo pensado es digno de ser sampleado: la idea suele ser un sampleo, y poco importa si hay cita. Al ensayo no le importa, y el mero argumento es que el cinismo ha inventado algo maravilloso como el sampleo textual...ni más ni menos que mezclar y probar: ensayar. Los defensores del "ensayo ensayo", de la "escritura escritura", de la cita y la referencia, no hacen vacilar al text jockey: es el ensayo, el verdadero sampleo, el que responde a la contradicción del ensayista: repetir, mezclar, probar: ensayar.

De las muchedumbres que nos habitan

A
Los verdaderos revolucionarios luchan contra sí mismos. Hay, dentro de uno, muchedumbres, hordas de entes que combaten por el dominio de nuestro ser. ¡Ay! Aunque nuestra mente resista, se mantenga cuerda, y, la cordura sea significativa, qué difícil resulta confiar en uno mismo. Peor aún cuando nos han enseñado a desconfiar. Aun así conservamos un hálito de vigor, como si dentro de uno hubiera libertadores en potencia, y los hay. Este franco hablar es apenas un ligero remedio para acallar algo. El héroe es uno mismo librando las batallas propias, jamás las ajenas.


B
Uno lucha por identificarse frente al espejo. Una muchedumbre se refleja y concretiza en uno mismo. Somos todos esos seres a los que tememos y, sin embargo, también somos aquellos a los que deseamos. No hay identidad porque, ¿cómo puede haberla si uno se reconoce entre una multiplicidad de seres? Entonces, ¿no es acaso un absurdo? Uno es lo que es, y uno es lo que son. La identidad es identificación, pero, ¡ay!, a veces es imposible identificarse entre una muchedumbre. Habría que trabajar, pues, en la colectividad y no en la individualidad.


C
Siempre estamos acompañados, la soledad es inexistente, al menos mientras estemos vivos. Es imposible que uno esté solo por completo; al contrario, estamos tan acompañados por nosotros mismos, por nuestros otros yos, que si quisiéramos permanecer en verdadera soledad tendríamos que aniquilar a cada uno de los entes que nos habitan. Y advierto, casi con sorna, que si uno quisiera destruir el contenedor, quedaría, inevitablemente, desparramado el contenido. 


D
Uno  se habita y deshabita de manera cotidiana. Se vive fuera y dentro de uno mismo. Ellos están dentro de uno y también recorren nuestro exterior. Hay, debido a esto, un balance entre las fuerzas, que siempre están en constante lucha. El hombre jamás se comprenderá porque una persona no es individuo, sino colectividad. ¡Acaso no es comprensible! Necesitamos dejar de entender y comenzar a vivir, prestar atención a esos seres que nos habitan, pero todos juntos aparentan ser uno solo. En todo caso, no deberíamos creernos individuos, pues a nosotros mejor se adapta el ser muchedumbre. No en vano decía el poeta Walt Whitman: "Soy vasto. Soy contradictorio. Contengo muchedumbres." Es, pues, el individuo apariencia pura. 


E
Ser una muchedumbre, una conciencia de conciencias, y estar sintonizado con uno mismo como si se estuviera representando una escena. Esa debe ser la justificación. La mente no se mira a sí misma, porque la integridad del pensamiento es una utopía. Uno piensa lo que otros piensan, y  a su vez, otros piensan lo que piensan los demás. La mente es libre en tanto se asume muchedumbre. Lo triste, pues, de la aparente soledad, es que jamás está uno solo. Por eso estamos perdidos. Así como un niño que escucha a su madre, a su padre, a los amigos, a los familiares, etc. Servimos a una multiplicidad de amos y jamás nos damos abasto para complacerlos. Nuestra existencia es una aporía.


F
La muerte es la gran correctora de la vida.

Disparate

Especular puede resultar un disparate. Si asumimos que tú y yo viajaremos juntos y seguiremos un itinerario hacia ningún lugar. Cualquiera diría, por lo tanto, que este intento de ensayo se dedica a proferir más desvaríos, los absurdos más evidentes y aquellos que merecen la menor atención de cualquier lector. La opinión paradójica de que sin locura no puede haber más que raciocinio es una falacia. Por ejemplo, hace algunos meses leí en un blog (no recuerdo al autor) que "la razón es la locura de todos, y la locura es la razón de uno". ¿Acaso ésto no parece una contradicción? Las mayores discordancias, aparentemente, pueden resultar ininteligibles, pero no es así, pues en la paradoja se encuentra el sentido itinerante de las ideas. Todo esto me recuerda la película Volver al futuro. Si analizamos el título podemos notar que existe una paradoja, pues no podemos regresar a una situación que aún no existe; sin embargo, es a partir de esa idea que se contradice a sí misma de donde se desprende nuestro punto de partida, apelamos al itinerario, al desarrollo de la suposición, la creatividad o la disquisición de las cuestiones previas. ¿Qué somos los viajeros si no hemos experimentado el extravío, la confusión, incluso el desvío, más que excursionistas aficionados? Ante todo tenemos que prepararnos para disfrutar, pero para eso primero hay que conquistar. Ésta es una de las premisas que le dan sustento a la especulación, a la escritura itinerante. Es preciso convencernos de que sin un itinerario nunca lograremos permanecer unidos, tú y yo (escritor-lector, lector-escritor). En caso contrario, nadie podrá suponer ni reflexionar y no queda más que resignarse a permanecer en el mismo lugar.

Una vez más, acudo a una lectura que no recuerdo con claridad (no así a su autor, tal vez por la asociación de su apellido con lo que tu mente morbosa pueda suponer), pero es de José Bergamín, y convoca a la analogía entre una escopeta y la razón. Es de suponer que la escopeta es la razón y el cañón el pensamiento, por donde sale disparada la bala, es decir, el objeto del pensamiento; luego, concluye que la bala es lo primero que dispara, o sea, el disparate. Así, aquél afirma que el disparate es lo prístino del pensamiento. Parece una idea pueril, pero a mi entender, Bergamín se refiere a ese atributo principal del que parte el ensayo, pensamiento especulativo, itinerante, como lo es el disparate. Y mi preocupación es que se confunda disparate con equivocación, porque no es lo mismo; la creación, por ejemplo, es un disparate, "hecho creativo" según la idea del mencionado autor.

Y así nace el título de mi ensayo que también es un disparate. Quiero decir que el ensayo permite el disparate en el sentido de la palabra "crear": producir algo de la nada. ¿Acaso no es ésto un disparate? Pendejos y suspicaces, por favor absténganse de ensayar. Por eso el ensayista, tal y como lo entendía Michel de Montaigne (padre por antonomasia), y como en la actualidad lo afirma Phillip Lopate (hijo por predilección), en el más modesto sentido del término, es contradictorio. ¡Vaya disparate!

El pesimista ante los demás

Sólo los optimistas pueden ser ingenuos. Sólo los optimistas se sienten satisfechos con lo que piensan y hacen. Por esta razón, prefiero a los pesimistas que saben enfrentar la adversidad de la vida con oficio. Cada persona afronta su destino como mejor le conviene: unas son optimistas "no seas negativo, afortunadamente tienes vida" otras, más elocuentes, realistas "no tengo trabajo y, si muero de hambre, a nadie le interesa". Cuando uno sabe que la vida está llena de dificultades, y que lo peor está por venir, lo que suceda en un futuro será menos desagradable.

¿No será que soy una llama intensa que arde y todo devora?

El pesimista es un maestro en el arte de dejarse aniquilar. Después de pensar y sacar algunas conclusiones acerca del optimismo, he llegado a la conclusión de que el mexicano es un optimista por antonomasia. Esto es realmente patético. No sólo para mí, que estoy condenado a ser mexicano, sino, para todos aquellos que nos rebelamos a semejante condición. Probablemente no lleguemos a liberarnos del fanatismo, porque debo aseverar, que ése es uno de los principales problemas que tenemos los mexicanos. Somos fanáticos de todo lo vulgar. Pero allí no reside el drama. Pudiera decir que somos fanáticos al fútbol, a las telenovelas, a los talkshows, a la virgen de Guadalupe, a la vitamina "t" (tortas, tacos, tamales, etc.), a la lucha libre, a los partidos políticos, a la mentira, al pri, a las promesas políticas, al alcohol... y así pudiera seguir durante párrafos antes de intentar desacreditar la verdad, pero cuando menos, nos queda el consuelo de los optimistas, en México, como bien cantara Yuri, siempre vendrán tiempos mejores.

El resultado de todo ese optimismo exacerbado es por lo general nuestra trampa, una verdadera ofensa a nuestra humanidad. Me parece aun ridícula, la postura que caracteriza al mexicano ante cualquier adversidad y que, acuñada por fanáticos deportistas, tiene por himno la desdichada expresión: "sí se puede". Lo que es triste en este caso es que el mexicano, efusivo y optimista, asume la derrota per se, y con un canto íntegro, pero derrotista, cree que aún puede lograr su objetivo, cualquiera que éste sea. Pudiera parecer que éste es un elogio al pesimismo, pues el hecho de esperar la derrota genera pesimismo, pero no es así. En todo caso, lo mejor que pudiera evitar el fastidioso cliché, hay que admitirlo, sería un cántico a ultranza como: "no se puede".

Ahora bien, dejando al mexicano en su conformismo optimista, voy a proceder a señalar que, en un momento dado, los optimistas se sienten triunfadores. Aquí un ejemplo: "El pesimismo conduce a la debilidad; el optimismo al poder", decía William James. Esto me parece absurdo. Lo digo por que se pueden decir muchas cosas de los pesimistas, pero jamás que son débiles, por el contrario, creo que son los optimistas quienes necesitan reafirmar sus dudas con un inagotable optimismo, pues, cuando caen, inevitablemente, siente que el mundo se derrumba junto con ellos, entonces necesitan redoblar esfuerzos y acudir una vez más a su obnubilado optimismo. No importa que sea el peor de los escenarios, ellos crearán el suyo propio, aunque sea pura ficción. Pero todo será en vano. El optimista seguirá construyendo sus cimientos sobre el aire. 

Estar en contra del optimismo es una tendencia perfectamente ilustrada. Pues eso es exactamente lo que hace el pesimismo. Pero esta oposición no se debe a que el pesimista se haya rebelado. Al contrario. El pesimista está informado y su razón es correcta. 

Pero volviendo a la frase de James, ésta afirma que "el optimismo da poder". Lástima por William James, pero no estoy de acuerdo. Su voz fue la de un justificador que se instaló en creer las veleidades de los optimistas, lo que meramente parece un comportamiento sin crítica, muy frágil, típico de los hombres que viven enmascarados. Que para andar de héroes modernos no se necesita usar antifaz, con el hecho de ser humanos nos basta.